Una madre que caminaba horas para llevar a su hijo a la escuela… y un día el pueblo entero se organiza para…

Cada mañana despertaba a las cinco. Preparaba el desayuno de Mateo, revisaba su mochila, alisaba su uniforme. A las seis ya estábamos en la carretera, mi mano sujetando la suya, sus zapatos levantando polvo bajo el sol naciente.
—Mami, ¿te duelen los pies? —me preguntó una mañana, mirando mis sandalias gastadas.
—No, mi amor. Estoy bien —mentí, sintiendo las ampollas de siempre.
Dos horas de ida. Dos horas de vuelta. Cuatro horas cada día para que mi hijo llegara a la escuela del pueblo vecino. En nuestro caserío no había escuela, y el autobús escolar no pasaba por caminos de tierra como el nuestro.
—Señora Ana, ¿otra vez caminando? —me saludaba don Pedro desde su tienda cuando pasábamos.
—Como siempre, don Pedro. Aquí vamos.
Lo que yo no sabía era que la gente me observaba. Que contaban mis pasos. Que veían mis zapatos cada vez más rotos, mi espalda cada vez más encorvada.
Un viernes, la maestra de Mateo me detuvo a la salida.
—Ana, ¿podría quedarse un momento el domingo en la plaza? Hay una reunión de padres.
—Claro, maestra Lucía.
Ese domingo caminamos las dos horas de siempre. Cuando llegamos a la plaza, estaba llena de gente. Reconocí a los comerciantes, a los padres de los compañeros de Mateo, al alcalde, hasta al cura del pueblo.
—¿Qué pasa? —susurré, confundida.
Don Pedro se adelantó con una sonrisa enorme.
—Ana, todos hemos visto tu sacrificio. Cada día, bajo el sol, bajo la lluvia, llevando a Mateo para que tenga educación.
Se me hizo un nudo en la garganta.
La maestra Lucía continuó:
—Nos organizamos, Ana. Cada uno puso lo que pudo. Unos dieron dinero, otros materiales, algunos su tiempo.
Entonces vi cómo don Manuel, el mecánico, traía algo cubierto con una manta. Cuando la quitó, no pude contener las lágrimas.
Era una bicicleta. Azul brillante, con un asiento extra en la parte trasera para Mateo, una canasta adelante y hasta un timbre plateado.
—No… no puedo aceptar esto —dije entre sollozos.
—Sí puedes, mami —Mateo me abrazó las piernas—. Ya no te van a doler los pies.
El alcalde se acercó y puso su mano en mi hombro.
—Ana, usted nos enseñó lo que es la verdadera dedicación. Esto es lo menos que podemos hacer.
—La pinté yo mismo con la ayuda de mi hijo —dijo don Manuel—. Ahora solo va a tardar media hora en llegar, ya lo calculamos.
—Y pusimos reflectores para que sea segura —agregó la maestra Lucía.
Me sequé las lágrimas y toqué el manubrio. Era real. Todo era real.
—Gracias —fue todo lo que pude decir—. Gracias, gracias, gracias.
—¡Pruébala, mami! —Mateo ya estaba subiéndose al asiento trasero.
Monté la bicicleta por primera vez en años. Cuando comencé a pedalear por la plaza, todo el pueblo aplaudió. Mateo reía detrás de mí, aferrado a mi cintura, y yo sentí algo que no había sentido en mucho tiempo: esperanza.
Al día siguiente, el camino de dos horas se convirtió en treinta minutos. El viento en la cara, la risa de Mateo en mis oídos, el timbre que hacíamos sonar cada vez que veíamos a alguien conocido.
—¿Sabes qué, mami? —me dijo Mateo mientras guardaba su bicicleta nueva esa tarde—. Cuando sea grande, voy a ayudar a las personas como ellos te ayudaron a ti.
Lo abracé fuerte, mirando la bicicleta azul que ahora descansaba junto a nuestra puerta.
—Eso sí que sería un buen camino, mi amor. Eso sí que sería un buen camino.
Y esa noche, por primera vez en meses, mis pies descansaron sin dolor.