
El viento azotaba los oídos de Amelia. El cielo, inmenso e indiferente, parecía a punto de tragársela. Su cuerpo se desplomaba, pero, contrariamente a lo que Richard esperaba, su mirada no reflejaba pánico; estaba fija, calculadora.
Con un movimiento firme, tiró de una pequeña manija oculta bajo su chaqueta de cuero. Un paracaídas compacto, atado a su cuerpo durante semanas, se abrió como un grito de libertad. El impacto del viento frenó su caída, y el corazón de Amelia, en lugar de detenerse, latió aún más rápido: no estaba indefensa.
Richard, en lo alto del helicóptero, abrió mucho los ojos al ver que se abría el paracaídas. Se quedó boquiabierto, con un murmullo de incredulidad.
— No… eso no es posible.
Pero así fue.
La preparación silenciosa
Meses antes, Amelia había empezado a sospechar. Miradas frías, conversaciones interrumpidas al entrar en la habitación, contratos extraños apareciendo en el escritorio de Richard. El instinto de supervivencia habló más fuerte que el amor.
Fue durante una reunión con su abogado privado, el Sr. Coleman, que confesó sus sospechas:
—No esperará, Coleman. Richard quiere el control ya, y creo que no se detendrá ante nada.
Coleman, un anciano leal a la familia desde la época de su padre, respiró hondo.
«Entonces tenemos que prepararnos, Amelia. Si intenta algo… no te puede pillar desprevenida».
Y no lo fue. Amelia se entrenó discretamente con instructores de vuelo, contrató expertos en seguridad y reforzó contratos férreos que garantizaban que cualquier intento de declararla muerta sin un cuerpo sería anulado judicialmente.
Y, sobre todo, compró ese paracaídas compacto, camuflado bajo ropa holgada.
El superviviente
Cuando sus pies finalmente tocaron un campo desierto cerca de la costa, Amelia cayó de rodillas. El impacto aún le dolía, su cuerpo temblaba, pero la vida latía en su interior, y en el niño que llevaba dentro.