Eli no contestó el mensaje de inmediato. Guardó el teléfono y regresó al salón para seguir saludando a los invitados, pero algo dentro de él ya no podía ignorar la sospecha creciente. Sabía que debía hablar con Matt, aunque parte de él temiera descubrir que la traición era aún más profunda de lo que parecía.
Cuando la fiesta terminó, Sofía —ya cambiada a zapatos cómodos, pero igual de hermosa— se acercó a él y le tomó la mano.

—No quiero que este día se arruine para ti. —Su voz era suave, firme—. Si necesitas ir a hablar con Matt, ve. Te espero en casa.
Y Eli la amó aún más por eso.
Condujo hasta el pequeño bar donde Matt había dicho que estaría. Lo encontró sentado en una mesa al fondo, inquieto, moviendo una botella entre las manos. Cuando Eli se acercó, Matt se puso de pie casi de golpe.
—Hermano… no sabes cuánto lo siento.
—Entonces dime por qué no viniste —respondió Eli, sin rodeos.
Matt tragó saliva. Su expresión no era de culpa simple; era algo más pesado, más confuso.
—No fui porque… porque no me dejaron.
Eli frunció el ceño.
—¿Cómo que no te dejaron?
—Tus padres. —Matt habló rápido, como temiendo arrepentirse—. Y Elena. Me dijeron que tú… que tú no querías que fuera. Que estabas molesto conmigo, que preferías que no apareciera para no “arruinar tu día”. Me insistieron en que te haría un favor quedándome en la fiesta de compromiso.
Eli sintió que algo dentro de él se desgarraba.
—¿Qué? ¿Por qué inventarían algo así?
Matt apoyó las manos en la mesa, respirando hondo.
—Porque querían asegurarse de que todos estuvieran allí. En la fiesta de Elena. Querían que fuera el centro, que nada “opacara” su compromiso. Y… también porque…
Matt dudó, y Eli perdió la paciencia.
—¡Dilo!
—Porque tus padres están enfadados contigo desde hace meses. —Matt bajó la mirada—. Por no habérselos contado tú mismo.
—¿Contarles qué?
—Que te ibas a casar.
Eli se quedó helado. Su mente retrocedió semanas, meses, buscando alguna conversación, algún malentendido. Pero la realidad lo golpeó con claridad cruel.
—Sí se los dije —susurró—. Lo dije en la cena. Elena estaba allí.
Matt asintió con tristeza.
—Y ella también fue quien les dijo después que “seguro estabas dudando”, que no estabas tan decidido, que tal vez habías exagerado. Que no había que tomarlo tan en serio.
Un silencio denso se instaló entre ellos.
Eli comprendió entonces: su familia no había estado en su boda no por falta de interés, sino por una mezcla venenosa de manipulación, orgullo herido… y el protagonismo eterno que siempre habían depositado en Elena. Su hermana perfecta, la favorita, la que jamás podía ser eclipsada.
Matt lo miró con ojos sinceros, rogando comprensión.
—Tenías que saberlo, Eli. No quería que pensaras que te abandoné por elección.
Eli sintió que el piso temblaba bajo sus certezas.
Todo su pasado familiar… de repente tenía un nuevo significado.
Y eso era solo el principio.