— A mi departamento.
— ¿Qué departamento? — levantó la voz Alejandro, claramente alterado—. ¿Desde cuándo tienes un departamento?

Lo miré en silencio durante unos segundos.
— Desde hace tiempo. Lo compré con mi dinero. Con mi trabajo. Con todo aquello que durante años despreciaste y llamaste “un pasatiempo”.
Alejandro se dejó caer en el sofá como si alguien le hubiera quitado toda la fuerza de golpe.
— Podemos hablar… arreglar esto — murmuró, pasándose la mano por el rostro—. Yo… no lo sabía.
— Sabías exactamente lo que querías saber — respondí con frialdad—. Todo lo demás simplemente no encajaba en la idea que tenías de mí.
— Puedo cambiar — dijo rápidamente—. De verdad, Valeria, puedo hacerlo.
Lo observé unos segundos.
Por primera vez en mucho tiempo no sentía rabia.
Ni tristeza.
Solo un cansancio profundo.
— Alejandro — dije con una calma que incluso a mí me sorprendió—, amar no es tolerar a alguien como si fuera una carga. Amar es ver realmente a la persona que tienes al lado. Y tú me miraste durante años… sin verme nunca.
Tomé la maleta y caminé hacia la puerta.
— Valeria… — escuché su voz a mi espalda.
Me detuve un instante.
— Lo peor no fue que no me valoraras — añadí sin girarme—. Lo peor fue que durante mucho tiempo empecé a hacerme más pequeña para no incomodarte… para no herir tu orgullo.
Respiré hondo.
— Y ya no quiero vivir así.
Cerré la puerta.
Mi nuevo departamento estaba casi vacío, pero era tranquilo.
Silencioso.
Sin miradas de desprecio.
Sin comentarios venenosos.
Sin esos suspiros cargados de desaprobación que durante años habían llenado mi casa.
Me senté en el suelo con una taza de té caliente y, por primera vez en mucho tiempo, respiré con libertad.
Abrí el portátil, respondí algunos correos del trabajo y luego lo cerré.
Ya no tenía que demostrarle nada a nadie.
Ni justificar quién era.
Solo me quedaba una cosa por hacer.
Vivir.