PARTE 2 Paola no perdió tiempo. Ayudó a Mariana a subir al coche, le puso el cinturón con cuidado y manejó directo a una clínica particular que estaba cerca . Mariana iba en silencio, con los dedos hundidos en el asiento, tratando de respirar sin llorar. No quería darle el gusto a doña Elvira de romperse. No todavía. En urgencias les dijeron que por el momento la bebé estaba bien, pero que Mariana traía presión alta por estrés y necesitaba reposo absoluto, cero discusiones y vigilancia por si las contracciones aumentaban. Le inyectaron medicamento, le pidieron tranquilidad y le recomendaron que no regresara a un ambiente hostil. “Como si dependiera de mí”, pensó Mariana.

Se fue a dormir a casa de Paola, en un cuartito improvisado con sábanas limpias y olor a café recalentado, de esos espacios humildes que salvan vidas sin hacer ruido. Apenas pudo cerrar los ojos. Diego seguía sin responder. Al día siguiente, por fin entró una llamada. Mariana contestó de inmediato. —¡Diego! Pero la voz que escuchó no fue la de él. —¿Qué más quieres? —dijo doña Elvira al otro lado—. Ya bastante hiciste. Mariana se quedó helada. —¿Por qué tiene usted el teléfono de Diego? —Porque me llamó a mí, preocupadísimo, después de escuchar tus mentiras. Y ya sabe todo. —¿Qué… qué le dijo? La risa seca de la señora le revolvió el estómago. —La verdad. Que te fuiste de la casa gritando, que me faltaste al respeto, que dijiste que no ibas a criar a tu hija en un lugar de pobres y que te ibas con una amiga “más moderna”. Hasta eso le conté, que desde hace tiempo te estabas buscando pretextos. —¡Eso es mentira! —Pues él no te creyó a ti. La llamada se cortó. Mariana volvió a marcar una y otra vez. Nada. Horas después llegó un mensaje de Diego: Necesito pensar. No me busques hoy. Ese texto le cayó como un ladrillo en el pecho. Paola quiso armar un escándalo, ir a gritarle a la suegra, llamar a quien fuera necesario. Mariana no la dejó. Se sentó en la orilla de la cama, apretó la sábana entre las manos y por primera vez sintió algo peor que el enojo: sintió miedo. No solo de quedarse sola con una bebé en camino. Miedo de que la mentira hubiera entrado donde más dolía. Pasaron dos días. En ese tiempo, doña Elvira siguió haciendo llamadas a familiares. Mariana lo supo porque una tía de Diego le escribió un mensaje venenoso: Una mujer embarazada debe cuidar su casa, no andar huyendo con amigas. Otra prima le puso en Facebook una indirecta sobre “las interesadas que se victimizan”. Hasta una vecina le mandó un audio diciendo que debía respetar a la señora que la había recibido “de buena fe”. Mariana no podía creer la velocidad con la que una mentira se había convertido en versión oficial. Entonces Paola recordó algo. —El domingo, cuando te recogí… la casa de enfrente tenía una cámara, ¿no? Mariana levantó la mirada. La vecina de enfrente, doña Tere, tenía un pequeño negocio de postres y había instalado cámaras después de que le robaron la batería del coche meses atrás. Paola fue a buscarla esa misma tarde. Doña Tere no solo había visto todo. También había guardado el video. No se escuchaba cada palabra con claridad, pero sí se veía a doña Elvira aventando la maleta, empujando la puerta, señalando la calle, y a Mariana llevándose las manos al vientre. Además, el micrófono alcanzó a captar una frase nítida, cruel, imposible de malinterpretar: —“Si mi hijo no está, tú te largas aunque se te reviente la fuente aquí mismo.” Mariana sintió que las manos le sudaban al escucharla. Paola quiso mandarle el video de inmediato a Diego. Pero Mariana decidió esperar. Quería oír primero lo que él tuviera que decir cuando volviera. Quería verle la cara a todos cuando la verdad saliera, no por venganza, sino porque estaba cansada de que los demás contaran su historia por ella. Esa misma noche, Diego apareció. No avisó. No llamó. Llegó a casa de Paola pasadas las diez, con el rostro cansado y una maleta aún en la cajuela del carro. Mariana lo vio desde la ventana y el corazón le golpeó el pecho con fuerza. Cuando abrió la puerta, él se quedó inmóvil al verla. No se había imaginado que estuviera tan pálida, ni que el embarazo ya se notara de esa manera tan frágil y poderosa. Sus ojos bajaron a la panza, luego subieron al rostro de Mariana. —¿La niña está bien? —preguntó, con voz rota. Mariana tardó en responder. —Casi no. Ese “casi” le atravesó la mirada. Diego pasó, pero Paola se quedó en la sala, brazos cruzados, lista para intervenir si hacía falta. Él ni la volteó a ver. —Mi mamá me dijo que tú te habías ido porque estabas harta de vivir ahí —dijo—. Que la insultaste. Que dijiste cosas horribles. —¿Y le creíste? Diego cerró los ojos un segundo. —Quise pensar que había una explicación. Luego intenté llamarte y tu número sonaba ocupado. Después mi mamá me mandó mensajes diciendo que estabas alterada, que el embarazo te tenía inestable… Mariana soltó una risa amarga. —Tu mamá agarró tu teléfono. Me contestó ella. Me dijo que ya te había puesto en mi contra. Diego levantó la cabeza, desconcertado. —¿Qué? Paola, sin aguantar más, sacó el celular y reprodujo el video. La sala quedó en silencio. Se vio a doña Elvira sacando la maleta. Se vio a Mariana tambalearse. Se escuchó la frase. Nítida. Cruda. Imperdonable. Diego no dijo nada durante varios segundos. Se pasó una mano por la cara, como si intentara despertarse de algo. Luego pidió ver el video otra vez. Y otra. A la tercera reproducción, sus ojos estaban llenos de una furia contenida que Mariana nunca le había visto. —No fue todo —dijo ella, y entonces contó lo demás—. Los mensajes borrados. Las revisiones. Las vitaminas perdidas. Los comentarios sobre la bebé. Las llamadas a la familia. La clínica. La presión alta. Cada palabra fue cayendo sobre Diego como una piedra más pesada que la anterior. —¿Por qué no me dijiste antes? Mariana lo miró con un cansancio que ya no era de ese día, sino de meses. —Porque yo esperaba que tú lo vieras sin que yo tuviera que demostrar que no estoy loca. Eso le dolió más que el video. Diego se sentó, derrotado. Se le quebró la voz. —Tienes razón. Paola salió discretamente de la sala. Los dejó solos con ese silencio difícil que no arregla nada, pero al menos deja respirar. —Voy a hablar con ella ahora mismo —dijo Diego al fin. —Si vuelves a esa casa, no vayas solo a escuchar mentiras otra vez. —No. Esta vez no. Diego se levantó, tomó las llaves y dio dos pasos hacia la puerta. Pero antes de salir, el celular de Mariana vibró sobre la mesa. Era un mensaje de un número desconocido. Traía una sola foto. Una foto de la habitación del bebé, la que Mariana había ido armando poco a poco con pañales, ropita doblada y un móvil de estrellitas sobre la cuna. La cuna estaba vacía. La habitación, deshecha. Y debajo de la imagen, una frase: “Si hablas, mañana no encontrarás nada.” Mariana sintió que la sangre se le iba de la cara. Diego leyó el mensaje, apretó el teléfono con tanta fuerza que le temblaron los nudillos y entendió, al fin, que su madre no solo había cruzado un límite. Lo había destrozado. Y lo peor estaba por revelarse en la siguiente hora.