**PARTE 2** Por unos segundos nadie respiró. Mi padre fue el primero en reaccionar, aunque lo hizo mal: soltó una risa nerviosa, de esas que nacen cuando el orgullo todavía intenta negar el miedo. —Creo que hay una confusión —dijo, mirando al hombre del fondo como si esperara que rectificara—. Ella es mi hija. Bueno… mi hija de otro matrimonio. No participa en esta operación. El representante ni siquiera volteó a verme para confirmar nada. Ya sabía quién era yo. Sabía quién mandaba ahí. —No hay ninguna confusión, señor Salazar —respondió con una frialdad impecable—.

Permítame presentarle formalmente a la presidenta del consejo y accionista mayoritaria de Horizonte Capital. La mujer que acaba de adquirir la deuda principal de su grupo empresarial. Escuché el pequeño golpe seco del bolígrafo de mi padre al caerse sobre la mesa. Emiliano se puso de pie de un salto. —Eso es imposible —balbuceó—. Daniela no tiene ese dinero. Por primera vez en toda la tarde, sonreí. No fue una sonrisa cálida. Fue la sonrisa de alguien que lleva años esperando el momento exacto. Me levanté, tomé mi carpeta y caminé hasta la cabecera. Me senté despacio, crucé las manos sobre la mesa y abrí los documentos frente a mí. —Lo que tú crees posible, Emiliano, nunca ha sido mi problema. Gael seguía mirándome como si intentara despertar de una pesadilla. Mi padre, en cambio, ya había empezado a sudar. A mi derecha, Mateo Ibarra, mi socio operativo y la cara visible de la compra, colocó una tablet frente a Rogelio. Del otro lado, el abogado corporativo de la empresa evitó mirarme. Seguramente ya había entendido que el juego se había terminado. —Antes de firmar —dije—, quiero dejar algo claro. Yo no compré una empresa sólida.
Compré un barco lleno de filtraciones, mentiras y gastos idiotas. Pasé la primera hoja. —En los últimos tres años, Grupo Salazar despidió a más de ciento cincuenta empleados con el argumento de “ajuste financiero”. Sin embargo, en ese mismo periodo, Emiliano cargó a la empresa la camioneta blindada nueva, dos viajes a Las Vegas, una mesa VIP en Cancún y un reloj que cuesta más que el sueldo anual de uno de sus choferes. Emiliano palideció. Pasé otra hoja. —Gael, por su parte, convirtió la supuesta expansión internacional en una vacación interminable. Ibiza, Madrid, Tulum, Los Cabos. Todo facturado como “relaciones estratégicas”. Qué bonita manera de llamarle al desmadre. —Éramos parte de la imagen de la empresa —murmuró Gael, casi sin voz. —No —lo corregí—. Ustedes eran el cáncer de la empresa. Mi padre golpeó la mesa con la palma abierta. —¡Basta, Daniela! Ya hiciste tu teatro. Dime cuánto quieres. Si esto es una venganza, podemos arreglarlo en privado. Levanté la vista y lo miré fijo. —¿En privado? Como cuando me pediste que cometiera fraude para salvar a tu hijo consentido.
¿O como cuando me sacaste de la casa con una bolsa de basura y me dijiste que yo no llevaba sangre de líder? Rogelio tragó saliva. Entonces saqué el documento que llevaba al fondo de la carpeta y lo deslicé lentamente hacia él. —Horizonte Capital no solo compró la deuda de la compañía —dije—. También compró las garantías personales que tú firmaste para conseguir ese último préstamo cuando ya nadie te quería prestar un peso. Mi padre bajó la mirada al papel. Y por fin entendió que la mansión de Las Lomas, los coches, las cuentas congelables y hasta su apellido estaban colgando de mi decisión. —¿Qué… qué quieres que haga? —preguntó, con la voz rota. Me recargué en la silla principal y lo vi derrumbarse en tiempo real. —Eso, Rogelio, depende de si hoy firmas… o pierdes todo. Y todavía no había llegado la peor parte.