PARTE 2 Mi padre tardó dos segundos en reaccionar, como si creyera que había escuchado mal. 

PARTE 2 Mi padre tardó dos segundos en reaccionar, como si creyera que había escuchado mal. —¿Estás segura? —preguntó. Asentí una sola vez. —Muy segura. Sacó el teléfono despacio, disfrutando todavía el teatro que había montado frente a mis clientes. Marcó.

Activó el altavoz. El tono sonó una vez. Dos veces. Y entonces una voz masculina respondió: —Habla Iván Prado. Mi padre enderezó los hombros y recuperó esa seguridad arrogante que tanto conocía. —Licenciado Prado, soy Ricardo Serrano. Llamo por su inquilina, Valeria Serrano. Hay serias irregularidades en su operación, y si hoy no acepta una reestructuración administrativa, espero que usted— La voz del otro lado lo cortó en seco. —Ricardo —dijo con una calma helada—, estaba esperando tu llamada. Por primera vez, mi padre se quedó quieto. —¿Perdón? —alcanzó a decir. —También estaba esperando que usaras mi nombre para intentar presionar a mi clienta. Mi madre dejó de sonreír. Diego levantó la cara. Mariela me miró sin entender todavía. Iván continuó: —Anoche mandaste un correo con un supuesto convenio para quitarle el control de su despacho. Querías enviarlo a administración del edificio, pero te equivocaste y lo enviaste a mi correo. El mensaje decía: “Si la presionan con el contrato de arrendamiento, va a firmar”. Mi padre tragó saliva. —Eso está fuera de contexto. —Tu nombre no está fuera de contexto —respondió Iván—. Tu amenaza tampoco. Entonces mi madre intentó endulzar la escena con esa voz suave que siempre usaba cuando la crueldad no le estaba funcionando. —Licenciado, solo queremos un lugar en la mesa. Después de todo, Valeria está donde está gracias a su familia. —Entonces deberían sentirse orgullosos —contestó Iván—, no venir a humillarla frente a sus clientes. El silencio fue tan pesado que se podía oír el ruido lejano del tráfico allá abajo, veinte pisos más abajo, como si la ciudad entera estuviera escuchando. Mi padre cambió de estrategia. —Mi hija no sabe manejar sola algo así. Es impulsiva. Necesita supervisión. Estamos protegiendo la firma. —¿Protegiéndola? —replicó Iván—. ¿Exigiendo quedarte con el control en recepción y amenazando con desalojarla? Luego soltó la frase que terminó de romperles el piso a mis padres: —Valeria no solo renta este piso. Ella tiene el contrato maestro del nivel completo y una opción de compra registrada. Tus amenazas no tocan su posición aquí. Mi madre se quedó blanca. Diego cerró los ojos. Mi padre apretó tanto el teléfono que pensé que se le iba a romper en la mano. —Iván —dije entonces—, quiero que quede constancia y quiero que se vayan. —Si se niegan, llama a seguridad y a la policía —respondió él—. Yo respaldo todo. Mi padre quiso quitar el altavoz, pero lo miré fijo. —Déjalo así. Y justo cuando parecía que ya no podían hundirse más, mi celular vibró en mi mano. Era una alerta del sistema de cumplimiento de la firma. Intento urgente de modificación detectado. Abrí la notificación. Cambio de representante legal. Cambio de administrador. Origen: red WiFi de invitados del edificio. Usuario identificado: Ricardo Serrano. Sentí que algo se congelaba y luego se acomodaba dentro de mí. Mi padre no solo había venido a amenazarme. Había intentado tomar el control de mi despacho en tiempo real, parado frente a mí, usando la red de mi propio edificio. Le mostré la pantalla. —Estás presentando cambios ahorita mismo. —No sé de qué hablas —espetó. Leí en voz alta el nombre, la hora y el origen de la red. Mis clientes ya no fingían que no escuchaban. Mi asistente tenía la mano en la boca. —No se completa sin mi autorización —dije—, pero acabas de dejar tu nombre grabado en un intento de fraude corporativo. En ese instante se abrieron las puertas del elevador. Dos guardias de seguridad salieron directo hacia nosotros. Mi padre retrocedió un paso. Y yo supe que aquello apenas estaba comenzando.

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