El rancho de Tomás Aguirre era más grande de lo que ella esperaba. 

El rancho de Tomás Aguirre era más grande de lo que ella esperaba. No tenía lujo ostentoso, pero sí ese aire de lugar construido para durar: casa principal de madera oscura, corredor ancho, macetas alineadas con orden, árboles frutales detrás y el sonido constante del ganado al fondo. Todo allí transmitía permanencia.

Tomás estaba en el patio cuando ella llegó. Tendría unos treinta y ocho años. Era alto, ancho de hombros, de manos curtidas y mirada directa. No tenía modales suaves, pero tampoco esa dureza burlona que Rosario ya conocía demasiado bien en otros hombres. La observó con atención limpia, como quien evalúa si lo que tiene enfrente es verdadero.

—¿Sabes cocinar en fogón de leña? —preguntó.

—Sí.

—¿Te asusta el trabajo pesado?

—No.

Tomás asintió.

Le explicó el salario, el horario, el cuarto del fondo donde podría quedarse y, casi como si fuera un dato secundario, añadió que en la casa vivía también su sobrino Nicolás, al que todos llamaban Nico. Tenía nueve años y se había quedado con él después de que sus padres murieran de fiebre en el mismo mes.

—Es callado —dijo Tomás—. No da guerra, pero necesita que alguien lo vea. Yo no siempre llego a todo.

Rosario sintió un movimiento extraño dentro del pecho cuando escuchó lo del niño. No era exactamente sorpresa. Era más bien la sensación de haber encontrado algo donde no esperaba encontrar nada.

Empezó al día siguiente, antes del amanecer.

A Nico lo conoció esa primera mañana, cuando él apareció en la cocina con el pelo revuelto, los pies descalzos y una cautela inmensa en los ojos. Rosario estaba encendiendo el fogón. Se volvió, lo vio en la puerta y le dijo buenos días con una naturalidad que no tuvo que fingir.

—Buenos días —respondió él, todavía con voz de sueño.

Rosario le preguntó si quería café con leche o atole. Nico pensó unos segundos, como si fuera una decisión importante.

—Atole.

Se sentó a la mesa mientras ella cocinaba tortillas y calentaba frijoles. El silencio entre los dos no fue incómodo. Era el silencio de personas que todavía no se conocen, pero ya intuyen que el otro no representa peligro.

Doña Petra, la mujer que ayudaba con el patio, las gallinas y la ropa, entró más tarde y probó el café.

—Por fin sabe a café —dijo sin emoción aparente.

Rosario respondió gracias.

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