Ese lunes llegué a la universidad con mi carpeta bajo el brazo y el corazón latiendo tan fuerte que pensé que todos lo escucharían

Ese lunes llegué a la universidad con mi carpeta bajo el brazo y el corazón latiendo tan fuerte que pensé que todos lo escucharían. Había soñado con este momento durante años, pero ahora que estaba aquí, las voces de quienes me decían “incapaz” resonaban en mi cabeza como ecos molestos.

—¿Estás segura de que es aquí, mija? —me preguntó papá, mirando el edificio de la Facultad de Psicología con esa expresión que ponía cuando no sabía si protegerme o dejarme volar.

—Sí, papá. Es aquí —le dije, ajustando la correa de mi mochila—. Salón 201, Introducción a la Psicología General.

Mamá se acercó y me arregló el cabello por centésima vez esa mañana. Sus ojos brillaban con lágrimas que se negaba a derramar frente a mí.

—Recuerda que si necesitas algo…

—Mamá —la interrumpí con una sonrisa—, voy a estar bien. Hemos practicado esto mil veces.

Cuando entré al aula, el murmullo se detuvo. Sentí todas las miradas sobre mí, algunas curiosas, otras sorprendidas. Elegí un asiento en la tercera fila, no muy adelante para no parecer desesperada, pero tampoco atrás para esconderme.

—Buenos días —dijo la profesora Montenegro al entrar—. Bienvenidos a su primer día de universidad.

La chica que se sentó a mi lado me miró de reojo. Tenía el cabello rizado y una sonrisa amable.

—Hola, soy Carmen —susurró.

—Yo soy Sofía —respondí, sintiendo que algo se relajaba en mi pecho.

Durante la clase, tomé notas como me había enseñado mi tutora. Mi letra era más lenta que la de otros, pero cada palabra la escribía con propósito. Cuando la profesora preguntó sobre los diferentes enfoques psicológicos, levanté la mano.

—¿Sí? —me señaló.

—El enfoque humanista se centra en la persona completa —dije, mi voz temblando un poco pero clara—. No solo en los problemas, sino en las fortalezas y el potencial de crecimiento.

La profesora asintió, genuinamente interesada.

—Muy bien, Sofía. ¿Podrías darnos un ejemplo?

Mi corazón se aceleró, pero respiré profundo como me había enseñado el psicólogo.

—Bueno… cuando alguien dice que una persona no puede hacer algo por tener una discapacidad, el enfoque humanista diría que hay que mirar toda la persona, no solo la etiqueta. Ver qué puede hacer, no qué no puede hacer.

Un silencio llenó el aula. Algunos compañeros intercambiaron miradas. Pero la profesora Montenegro sonrió ampliamente.

—Excelente reflexión, Sofía. Acabas de dar un ejemplo perfecto de cómo nuestras percepciones pueden limitar o empoderar a las personas.

Carmen me dio un codazo suave y me susurró:

—Eso estuvo genial.

Cuando terminó la clase, varios compañeros se acercaron. Algunos con curiosidad genuina, otros quizás solo por educación, pero se acercaron.

—¿Has estudiado psicología antes? —me preguntó un chico de lentes.

—He leído mucho —respondí—. Y he tenido experiencia… digamos, desde el otro lado.

Él pareció entender y asintió con respeto.

Al salir del edificio, mis papás me esperaban en el banco donde habíamos quedado. Mamá se levantó de inmediato al verme.

—¿Cómo te fue, amor?

—Bien, mamá. Muy bien —dije, y esta vez la sonrisa me salió completamente natural—. La profesora dijo que mi participación fue excelente.

Papá me abrazó fuerte.

—Estoy orgulloso de ti, mija. Siempre lo he estado.

Mientras caminábamos hacia el auto, pensé en todas las veces que había escuchado “no vas a poder”, “es muy difícil para ti”, “mejor busca algo más simple”. Pensé en los maestros que dudaron, en los compañeros que me subestimaron, en los familiares que susurraban con lástima.

Pero sobre todo pensé en que ese lunes, con mi carpeta bajo el brazo y mi corazón lleno de sueños, había demostrado que “incapaz” era solo una palabra que otros usaban cuando no podían ver más allá de sus propios límites.

—¿Sabes qué, papá? —le dije mientras nos subíamos al auto.

—¿Qué, mija?

—Creo que voy a ser una muy buena psicóloga.

Y por primera vez en mucho tiempo, no había ni una sola duda en mi voz.

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