Gloria leyó el documento 2 veces, como si las palabras fueran a moverse si las miraba con suficiente rabia. —¿Me estás corriendo? —preguntó, ya sin su tono burlón. —Te estoy notificando que tienes 15 días para salir de esta propiedad —dijo Paulina—. Si no lo haces, mi abogado iniciará el procedimiento correspondiente. La familia de Gloria empezó a incomodarse. Una hermana dejó de comer.

Un sobrino apagó la música desde su celular. Los niños fueron llevados al jardín por una tía que entendió demasiado tarde que aquello no era pleito de sobremesa. Gloria se volvió hacia Mariana. —¿Tú sabías esto? Mariana estaba pálida. Andrés le tomó la mano. —Sí, mamá —respondió ella—. Lo sabía. Gloria dio un paso hacia su hija. —¿Así me pagas? ¿Después de todo lo que he hecho por ti? Mariana tragó saliva, pero no retrocedió. —Me has hecho sentir inútil en mi propia casa. Revisas mi ropa, criticas mi comida, llamas a Andrés mantenido y luego me dices que todo es por mi bien. —Porque no sabes defenderte sola. —No —dijo Mariana, con la voz quebrada—. Porque quieres que yo crea eso. La frase dejó el comedor helado. Paulina no intervino. Esa verdad no le pertenecía. Tenía que salir de Mariana. Entonces Andrés habló: —Y todavía falta lo del dinero. Gloria giró la cabeza demasiado rápido. —¿Qué dinero? Mariana cerró los ojos. Le temblaban los labios. —El de Sofi. Sofía, la hija de Andrés y Mariana, tenía 5 años y llevaba meses en consultas por un problema de audición. Habían juntado billetes en una caja metálica para pagar estudios en una clínica privada, porque la cita pública tardaría demasiado. Paulina sintió que la sangre se le iba de la cara. —¿Qué pasó con ese dinero? —preguntó. Gloria levantó la barbilla. —Yo no robé nada. Sólo tomé prestado. Esta comida costó, ¿o creen que todo aparece por milagro? Andrés soltó una risa seca, peligrosa. —¿Usaste el dinero de los estudios de mi hija para pagar birria y sillas? —Lo iba a reponer. Mariana se llevó las manos al rostro. —Me juraste que tal vez Andrés lo había agarrado. Me hiciste pelear con él 3 noches seguidas. Andrés miró a su esposa, herido, pero no por ella. Por todo lo que Gloria había destruido sin levantar la voz. Paulina metió la mano en su bolso y sacó una bolsa transparente con billetes doblados. —Lo encontré ayer en el cajón del buró del cuarto de visitas —dijo—. Debajo de tus blusas. Gloria se puso roja. —¿Revisaste mis cosas? —Revisé un cuarto de mi casa después de que desapareció dinero para una niña enferma —contestó Paulina—. Y lo volvería a hacer. La familia de Gloria ya no sabía dónde mirar. La vergüenza se había sentado en la mesa como otro invitado. Pero Paulina todavía no había terminado. Sacó unas hojas impresas y las dejó frente a Mariana. —También deberías saber esto. Eran capturas de mensajes. Gloria les había escrito a varias tías diciendo que Paulina planeaba vender la casa y dejar a Andrés, Mariana y Sofía en la calle. Decía que la única forma de “proteger” a Mariana era convencerla de exigir legalmente la propiedad. Mariana leyó una línea. Luego otra. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no lloró. —Tú querías que yo demandara a Paulina. Gloria respiró fuerte. —Quería que aseguraras tu futuro. —Querías que le declarara la guerra a la única persona que nos estaba ayudando. Gloria abrió la boca, pero no salió nada convincente. Entonces, al retroceder, chocó con una silla. Su bolsa cayó al piso, se abrió y de ella rodó una pequeña caja azul. Mariana se quedó mirando la caja como si hubiera visto un fantasma. —Esa es mía —susurró. Andrés se agachó y la levantó. Dentro estaban unos aretes de oro, un anillo antiguo y una medallita con las iniciales de la abuela de Mariana. Las joyas que llevaban semanas desaparecidas. Gloria extendió la mano. —Dámelas. Pero Mariana se adelantó, tomó la caja y levantó la mirada hacia su madre con una expresión que ya no era miedo. Era una pregunta terrible. Y la respuesta estaba a punto de romper lo poco que quedaba de esa familia. ¿Crees que Gloria todavía puede justificar lo que hizo, o Mariana debería cortar con ella definitivamente? La parte final deja claro hasta dónde puede llegar una madre cuando confunde amor con control.