
Rosa levantó la mirada.
Alejandro estaba allí.
Su traje estaba arrugado, la corbata suelta y el olor a alcohol llenó la habitación antes incluso de que dijera una palabra.
Rosa frunció el ceño.
—Alejandro… ¿bebiste?
Él no respondió de inmediato.
Sus ojos recorrieron la habitación hasta detenerse en la cuna donde dormía Valentina.
—Así que ya nació —murmuró con frialdad.
Rosa sintió un escalofrío.
Ese no era el tono de un padre.
—Sí… es perfecta —susurró.
Alejandro se acercó lentamente.
Miró a la bebé unos segundos.
Luego volvió a mirar a Rosa.
—¿Estás segura de que es mía?
El corazón de Rosa se detuvo.
—¿Qué dijiste?
—No te hagas la inocente —respondió él con desprecio—. Todo el mundo sabe que te rodeas de arquitectos jóvenes en tu despacho.
Rosa sintió que la sangre le hervía.
—¿Estás loco? ¡Acabo de dar a luz a tu hija!
Alejandro soltó una risa amarga.
—Mi hija… claro.
Rosa intentó incorporarse en la cama, todavía débil por el parto.
—Alejandro, sal de aquí si vas a comportarte así.
Pero él dio un paso más cerca.
—¿Sabes qué dicen mis socios? —continuó—. Que cometí un error al casarme contigo.
Rosa sintió que algo dentro de ella se rompía.
—Yo te apoyé cuando nadie creía en tus proyectos.
—¡Tú no eres nadie sin tu padre! —gritó Alejandro.
La bebé comenzó a llorar.
Rosa se inclinó para tomarla.
—Baja la voz…
Alejandro la agarró del brazo con fuerza.
—¡Respóndeme!
Rosa gritó de dolor.
—¡Suéltame!
Pero Alejandro, fuera de control, la empujó.
El golpe fue rápido.
La palma de su mano impactó contra su rostro.
El sonido resonó en la habitación silenciosa.
Valentina lloró más fuerte.
Rosa cayó hacia atrás en la cama, aturdida.
En ese momento la puerta se abrió.
Una enfermera había escuchado el ruido.
—¡Señor, salga inmediatamente!
Alejandro respiraba agitado.
—No te metas.
Pero la enfermera ya había presionado el botón de seguridad.
Dos guardias del hospital aparecieron segundos después.
—Señor Montero, tiene que retirarse.
Alejandro se acomodó la chaqueta.
—Soy el esposo.
—Y acaba de agredir a una paciente —respondió el guardia con firmeza.
Alejandro fue escoltado fuera de la habitación.
Rosa abrazó a su bebé con lágrimas en los ojos.
No lloraba solo por el golpe.
Lloraba porque en ese momento comprendió algo doloroso.
El hombre con el que se había casado no era quien ella creía.
—
A las seis de la mañana siguiente, la puerta de la habitación volvió a abrirse.
Esta vez entró Carlos Fuentes.
Alto.
Impecable.
Con el mismo traje oscuro que había usado en la reunión internacional de la noche anterior.
Pero sus ojos no estaban tranquilos.
Estaban llenos de furia.
Luisa estaba detrás de él.
—Hija… —susurró.
Rosa intentó sonreír.
Pero Carlos ya había visto el hematoma en su mejilla.
El silencio se volvió pesado.
—¿Quién te hizo eso? —preguntó.
Rosa dudó.
Carlos volvió a preguntar, esta vez más firme.
—Rosa.
Ella bajó la mirada.
—Alejandro.
Carlos no dijo nada durante unos segundos.
Solo respiró profundamente.
Luego sacó su teléfono.
Marcó un número.
—Jorge —dijo con voz fría—. Cancela todas las negociaciones con Grupo Montero.
La persona al otro lado respondió algo.
Carlos continuó.
—Sí, todas.
—También el financiamiento del proyecto en Querétaro.
—Y los contratos tecnológicos de infraestructura.
Luisa lo miró sorprendida.
—Carlos…
Pero él no se detuvo.
—Además quiero que nuestros abogados revisen cada acuerdo que tengamos con ellos.
—Hoy mismo.
Colgó.
Rosa lo miró confundida.
—Papá…
Carlos se acercó a la cuna.
Miró a su nieta.
Luego volvió a mirar a su hija.
—Ese hombre levantó su mano contra ti.
Su voz era tranquila.
Pero más peligrosa que cualquier grito.
—Y en este país… su empresa depende en gran parte de nuestros contratos tecnológicos.
Rosa comprendió.
Grupo Fuentes Technologies controlaba los sistemas digitales de construcción, logística y financiamiento de muchos proyectos inmobiliarios.
Incluyendo los de Grupo Montero.
Carlos tomó la mano de Rosa con suavidad.
—Nadie toca a mi hija.
Horas después, Alejandro llegó furioso a las oficinas centrales de su empresa.
La sala de juntas estaba llena.
Sus socios tenían rostros pálidos.
—¿Qué está pasando? —exigió.
Uno de los directores habló con voz tensa.
—Acabamos de recibir notificación.
—Grupo Fuentes canceló todos los contratos.
Otro añadió:
—Los bancos también suspendieron el crédito puente.
—Dicen que revisarán el riesgo.
Alejandro sintió un vacío en el estómago.
—Eso es imposible.
El director financiero negó lentamente.
—Sin esos contratos…
—La empresa no puede continuar los proyectos.
El silencio fue devastador.
Alejandro recordó la mirada de Carlos esa mañana.
Entonces entendió.
No había gritado.
No había amenazado.
Simplemente había movido una pieza.
Y todo el imperio de Alejandro comenzaba a derrumbarse.
—
Esa noche, en la habitación del hospital, Rosa sostenía a Valentina mientras su padre estaba sentado junto a la ventana.
—Papá… no quiero destruir su empresa.
Carlos la miró con ternura.
—No fui yo quien empezó esto.
Rosa miró a su hija dormida.
—Solo quiero paz.
Carlos asintió.
—Y la tendrás.
Porque a veces el poder no se usa para presumir riqueza…
sino para proteger a quienes más amamos.