PART 2: …las venas del cuello y terminó temblando de esfuerzo.
La roca no se movió ni un milímetro.

Ramiro aplaudió.
—¿Eso es todo? ¿Así trabajan ustedes?
Después probaron dos jóvenes con una barra.
Luego tres hombres juntos.
Después otro más, con el orgullo herido y la frente bañada en sudor.
Nada.
La roca seguía allí, inmóvil, como si se alimentara de la frustración del pueblo.
Y con cada intento fallido, Ramiro se reía más fuerte.
No se reía de la piedra.
Se reía de las personas.
De sus cuerpos cansados.
De su necesidad.
De la esperanza torpe con la que seguían creyendo que tal vez sí podían.
Lo peor era que algunos alrededor también sonreían nerviosos, no porque les causara gracia, sino porque cuando alguien con poder humilla, hay quienes se ríen solo para no convertirse en la próxima víctima.
El aire estaba seco.
El sol caía como castigo.
Y la escena se estaba volviendo cada vez más fea, más sucia, más insoportable.
Entonces apareció él.
No llegó haciendo ruido.
No venía grabando.
No traía lentes oscuros ni camioneta ni amigos que le celebraran tonterías.
Solo caminaba despacio por la orilla del camino, con ropa sencilla, sandalias gastadas y una mirada tan tranquila que parecía venir de otro mundo.
Al principio casi nadie le prestó atención.
Pero Ramiro sí.
Porque los hombres como él tienen un talento especial para detectar a quien creen más débil.
Le apuntó con la cámara y sonrió.
—Eh, tú.
El hombre levantó la vista.
—Sí, tú. Ven.
Se acercó sin prisa.
No parecía molesto.
Tampoco impresionado.
Solo presente.
Ramiro alzó un poco la voz para que todos oyeran.
—Si mueves esa roca, te doy mi casa. Palabra.
La multitud volvió a mirar.
Algunos pensaron que venía otro fracaso.
Otros quisieron advertirle que no entrara en ese